Manolo Del Castillo el Caserito de las Montañas

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La puerta de la quinta miraflorina, ubicada en plena avenida Larco, está abierta. Camino hacia su edificio y subo las escaleras hasta el último piso.

Manolo-del-castillo-el-caserito-de-las-montañas-mapaManolo del Castillo me recibe con una sonrisa franca. Viste un pantalón ancho —típico de explorador, con varios bolsillos a los lados—, un polo negro, sandalias, una chaquira en el cuello y pitas de colores en las muñecas. Con su casi metro ochenta de altura pasa rozando las paredes del pasillo que nos lleva a su pequeño campamento en medio de la ciudad.

Cruza la terraza —cuatro plantas, una parrilla y un perro de cerámica— y entra a la cocina de dos por tres metros.

Sirve agua helada y cruza un estrecho escritorio para llegar a su cuarto adornado con maletas, mochilas y zapatillas de montañismo.

Manolo no tiene claro cuándo despertó su interés por los viajes. Cuando era pequeño, su papá y su abuelo le hablaban de sus aventuras en la Cordillera Blanca, en Huari, Ancash. “Mi abuelo tenía una hacienda y mi papá y sus hermanos cabalgaban. Yo me lo imaginaba como El Gran Chaparral o Bonanza. Si había algún problema de tierras, ellos iban en sus caballos a conversar con los demás pobladores.

Yo escuchaba atento sus historias. Ambos me contaron que una vez cruzaron toda la Cordillera Blanca y el frío los dejó ciegos. Ya luego, como mi papá era policía, viajaba mucho por el país y nos relataba a mí y a mis hermanos sus experiencias en el interior o nos traía recuerditos.

Una vez trajo un chancho y un pavo vivos, que le habían regalado. Vivíamos aquí, en Miraflores, y teníamos un corral en la azotea. Era todo un campechano”, cuenta el curtido viajero de 48 años, entre risas. Su buen humor es un sello que lo acompaña siempre.

"Manolo ha nacido para vivir en las montañas.  Prefiere correr solo que jugar al fútbol, y montar a caballo o burro que bailar".

“Manolo ha nacido para vivir en las montañas. Prefiere correr solo que jugar al fútbol, y montar a caballo o burro que bailar”.

Manolo parece haber nacido para vivir en las montañas. Nunca le gustaron los deportes en grupo, no sabe montar bicicleta y detesta ir a discotecas. Prefiere correr solo que jugar al fútbol, y montar a caballo o en burro que bailar. De niño, su sueño era convertirse en arqueólogo y pasaba los días leyendo el libro Tratado de Arqueología Peruana de Federico Kauffmann Doig. “Mis amigos del colegio ahora me cochinean y me recuerdan que yo no hacía educación física. Presentaba un papel firmado por mi papá diciendo que no podía agitarme porque sufría de asma. Y siempre fui muy torpe. No tengo equilibrio. Cuando me cruzo a niños que están jugando un partido de fútbol y la pelota cae cerca de mí, prefiero hacerme el loco”, confiesa sentado en una silla de madera bajo el sol del mediodía.




SENSACIONES DE ALTURA

El lugar favorito de Manolo está a 3.500 metros de altura: poca gente, mucho frío. “De estar arriba, me gusta el silencio, el aire puro, el que no haya un horario rutinario, la libertad y la reflexión a la que puedes llegar. No he alcanzado tal nivel de interiorización en una iglesia, ni en mi cuarto, que como en la cima de una montaña.

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Te sientes muy pequeño a comparación del universo. Es ahí que te das cuenta para qué tienes pulmones, para qué tienes piernas, para qué tienes olfato”, reflexiona el viajero, el menor de tres hermanos, quien conoce los Andes como si fuera su propia casa.

En cada destino, Manolo busca los lugares más alejados del bullicio. Gracias al programa Reportaje al Perú, del canal estatal TV Perú, que lleva casi 17 años en el aire, ha estado en los 24 departamentos, ha conocido los paisajes más remotos y todavía le faltan más por conocer. “Lo que hacemos en el programa es darle una alternativa distinta al público. Le mostramos que no solo puede visitar la catarata que todos conocen, sino que si llegan a tal pueblo y se contactan con este poblador, los puede llevar en un recorrido alucinante”, explica del Castillo.

Conducir un programa de viajes también lo ha puesto en situaciones de peligro. “Una vez el camarógrafo y yo nos perdimos en el distrito de Condoroma, en la provincia de Espinar, en Cusco. Nos separamos de la gente para hacer unas tomas y no sabíamos cómo regresar. Estábamos a más de 4.000 metros de altura y hacía mucho frío. Caminábamos, ya de noche, y vimos unos ojitos a lo lejos. Era un corral de ovejas. Pasamos la noche con ellas para no morir de frío. Ya al otro día el pastor nos ayudó a regresar”, rememora.

Se ha lesionado incontables veces, ha dormido con la ropa mojada y se ha cansado como nunca en su vida, pero asegura que todo eso se compensa cuando se sienta a admirar un paisaje en silencio.

Manolo también ha estado en Ecuador, Colombia, Brasil, Paraguay, Uruguay y Argentina.

Recorrió las aguas de la Antártida en barco y fue el único que disfrutó del paisaje en la cubierta, echado en una hamaca de telar selvático. El año pasado se fue de mochilero por Europa. “Todo el mundo me decía “qué lindo, vas a París”, pero no sabían que yo no quería irme a los lugares comúnmente visitados.

Me fui por todo Europa del Este: Rumanía, República Checa, Austria, Eslovaquia. Conocí la parte de Europa que no sale en revistas”, refiere. Le fascina viajar por el Perú y el mundo pero sabe que no permanecer en un lugar le trae sacrificios. “Es muy difícil ver a la familia, tener pareja o cuidar a una mascota. A mí me encantan los perros, si veo a uno cuando viajo, así sea carachoso, lo cargo, lo abrazo, juego con él. Pero no puedo tener uno porque no estoy mucho en Lima y no sería justo para él estar tanto tiempo solo”. Lo suyo es el campo, la sierra. A veces, para sentir que está fuera de la capital, ha llegado a armar su carpa en la terraza.

EL MÁS QUERIDO

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“Manolo busca los lugares más alejados del bullicio. Gracias al programa Reportaje al Perú, que lleva casi 17 años en el aire, ha bisitado los 24 departametnos, ha conocido los paisajes más remotos y todavía le faltan muchos por conocer”.

Hace unos días, Manolo recibió una llamada. Era alguien del Grupo El Comercio. Por segundo año consecutivo había sido elegido ganador del premio Luces a Mejor Programa de Viaje.

“Me sorprendí. No pensé que repetiría el plato. En Reportaje al Perú sabemos que la gente nos quiere y que nos sintonizan mucho, pero no pensé que ganaríamos de nuevo”, asegura. Su programa es como el viaje de cualquiera: con risas, momentos incómodos, aventuras y descubrimientos.

El Manolo que vemos en nuestras pantallas es el mismo Manolo que está sentado hoy en su terraza con los dedos de los pies al aire. Ahora está de vacaciones, pero además de pasar el tiempo haciendo lo que le gusta, como caminar por el malecón de Miraflores, tomarse un par de cervezas con sus amigos o hacer una parrillada, se ha pasado las semanas marcando los días en el calendario: quiere volver al trabajo. “Cuando sea viejito me iré a vivir a la sierra”, me dice, mientras ve las paredes de los edificios que rodean su terraza.

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